Volvía a casa después de un pesado día de escuela. Sentado como era nuestra costumbre, en los asientos finales del autobús que nos llevaba a casa. La distribución de los compañeros de asiento, era variable. Aquella tarde, a mi lado tenía a Cesc y detrás tenía la Carola y Xavier.
Aquella mañana había sido alentador, agravado por la ausencia de la profesora de ciencias sociales: Josefina, alias la lianas (no era normal esa cosa que se escondía bajo el brazo !!!). Por este motivo, nuestro tiempo de aprendizaje fue cambiado por una hora de recreo desenfrenado.
Mi compañero de asiento, con el ánimo todavía exaltado, nos propuso un juego, que denominó "Rambo". Consistía, en convertirse en soldados del ejército de los buenos. Nuestra misión, era traspasar a salvo, las líneas enemigas sin ser vistos ni detectados.
Animados, vimos como Cesc deslizó del asiento, y comenzó a avanzar con sus codos, a través de aquel terreno abrupto y lleno de trampas. En breves momentos, apareció en las primeras filas, sin que hubiera sido interceptado por el enemigo ni herido de consideración. La misión había sido un éxito rotundo!
El siguiente turno, era para Xavier, y luego Carola, de la que, todo hay que decirlo, los tres estábamos enamorados.
Ambos habían salido victoriosos de sus misiones. Era mi turno, mi responsabilidad. Pero, sin disculpa, me acobardé y aborté la misión. Había convertido en un fracasado y, a ojos de mi amada Carola un ser insignificante.
Ahora, treinta años más tarde, permanecía sentado en el mismo asiento, inmerso en pensamientos de cómo mi vida había sido cobarde en muchos aspectos. Era un soltero convencido, en el trabajo era el "niño" de las fotocopias y cafés, y en casa mi madre me hacía la comida y me daba un beso de buenas noches.
Cerré los ojos, conté hasta tres y me deslizó del asiento para realizar la misión que se me había encomendado años atrás. Avanzaba poco a poco, porque mi cuerpo con sobrepeso se movía penosamente por el suelo y, mi movilidad era frenada por las piernas de los pasajeros que impedían mi paso.
Una vez en primera fila, me estalló de alegría y de felicidad. Había conseguido realizar la misión. Al fondo del autobús me imaginaba Cesc, Xavi y la Carola saltando de alegría y felicitándome por tan loable acto.
Entretanto, el autobús hacía una parada brusca y detrás de mí subía un urbano, esposas en mano, que me acusaba de escándalo público en un medio de transporte público. Ciertas damas, aunque con el color alzado en las mejillas, se pensaban que les quería ver las partes mejor guardadas de su cuerpo, habían avisado, por sus teléfonos móviles a la autoridad!
Pero yo, con una sonrisa de par en par, sabía que para bien, a partir de ahora: TODO SERIA DIFERENTE.
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