Eran la una de la tarde cuando la chica se arrodilló ante una tumba del cementerio. Una lágrima, tras otra aparecieron a continuación entre sus ojos, cayendo lentamente en el suelo húmedo de la noche. Unos minutos más tarde, la chica se ponía en pie y se alejaba dejando atrás aquel tenebroso lugar.
Era una costumbre que repetía los últimos cuatro años el mismo día y misma hora.
Los padres la esperaban, como era costumbre, alrededor de una chimenea encendida.
- Ha habido suerte, hija? – Preguntaron.
- No. Madre – dijo y se retiró hacia su habitación.
Cogió dos bolsas de plástico industriales negras y las vertió dentro de la bañera. Después cogió dos recipientes de ácido sulfúrico y los añadió con los restos del cadáver.
Se estiró sobre la cama mientras el ácido lentamente hacía su efecto. Con aquella noche eran cuatro los intentos y su hermana siamesa no había vuelto a la vida. La sangre tenía que ser pura, pero ni la de su confidente y mejor amiga, la primera víctima, ni la de sus dos intentos de novios, ni la del sacerdote, cuyo cuerpo se iba descomponiendo, habían servido de nada.
Cerró los ojos y se hace concentrar con aquel conjuro:
“Si un muerto quieres hacer respirar
Dos cosas tendrás que realizar
Una rosa negra sobre la tumba poner
y doce gotas de sangre Virgen verter
La mezcla hará actuar
Y el muerto resucitar. ”
Eureka! – Exclamó la chica. Ya sabía la solución del acertijo. Sólo tenia que esperar un año, y sacrificar lo que sólo una mujer puede llevar en esta vida.
Pau puede venir esta noche? – Dijo sólo al descolgarse el teléfono
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