dimecres, 30 de març del 2011

CORDON DE PLATA

Joan salía del trabajo, ajetreado como cada día, sometido en pensamientos que le abstraían de la realidad. Era el comportamiento generalizado de la gente de Barcelona. Caminaba sincrónicamente sobre el asfalto con la cabeza gacha, dirección a su cueva de aislamiento. En unos minutos, debido a una humedad en su hombro, se dio cuenta de que llovía de lo lindo.
Su mente, analizó con una serie de premisas varias soluciones, de las cuales elegir la más barata, ecológica y quizás por qué tenía la parada de autobús a dos pies de su casa.
Se cobijó en la marquesina, y dejó que la soledad la invadiera en ese espacio. Calculó mentalmente el número de paradas: cinco, equivalente a veinte minutos de trayecto.
Observó una mancha roja en movimiento, se preparó las monedas que le servirían por trayecto.
Subió en él, hizo un vistazo al compartimento, y al verlo totalmente vacío, escatimó que la opción más valiente era sentarse a la mitad del vehículo, en la banda derecha.
El bus se puso en marcha, y Joan se puso a observar los diferentes paraguas que utilizaban la gente, muy distintos en forma de los que se utilizaban veinte años atrás, pero no habían cambiado en su función de protegernos de las inclemencias del tiempo.
Se acercó a la primera parada, pero el bus no interrummpió su ritmo de paso. En Joan observa a través del cristal, como la gente no se inmutaba y permanecían sentados protegidos por la marquesina. Este hecho no le extrañó, ya que hacía mucho tiempo que no empleaba el transporte urbano.
Esta circunstancia, se repitió en las tres paradas siguientes. Joan apartó la vista de la ventana, los nervios empezaron aflorar y un estado angustia se sumergía dentro de su cabeza.
Se levantó, como si se hubiera quemado, levantándose rápidamente a pulsar el botón de la próxima parada. Pero el conductor ni caso, sólo quedaba una parada para llegar a su destino. Así que enfurecido, Juan, acercó hacia el chofer para expresar su malestar con palabras mayúsculas.
Pero para sorpresa para él, todo insulto era en vano, aquel hombre no tenía cuerpo sino sólo la imagen. Al mismo tiempo que se dio cuenta, en ese breve instante de descubrimientos, que el bus era una figura rectangular que se movía.
Joan vencido totalmente por el miedo, se sentó y comenzó a pensar todo lo que le había sucedido para intentar sacar el intríngulis de todo aquel absurdo. Mentalmente sólo surgían dos palabras y no salía de allí: lluvia y autobús. Luego, lo inevitable, hizo un repaso de toda su vida, los momentos buenos y malos, por si de aquella no se salía. Y se dio cuenta, aunque no lo quería oír, que había perdido el tiempo.
Pero el vehículo se detuvo. Joan no sabía el tiempo, que había estado meditando, ocho, diez o quizá once horas; al mismo tiempo una ola de esperanza le hizo ponerse en pie. Fue corriendo hacia delante del vehículo y bajó rapidamente hacia asfalto. Ante si, vio el portal de su piso y entró sin mirar atrás, de pronto la oscuridad le invadió.
En el mismo instante en Praga, un bebé rompía a llorar tras una pesadilla. Sus padres lo miraban y sólo le deseaban que todo le fuera bien en su nueva vida.

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